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La humana y católica necesidad de estar en contacto directo con Dios a través de un sitio de culto, oración y adoración, llevó a los primeros vecinos que rodeaban las cercanías del fortín a construir la primera capilla. El señor Francisco Figueyras es facultado a peticionar ante la Curia sobre esta intención.

En el año 1797 el primer vecindario se aboca a obtener la autorización por parte de la Curia para establecer un pequeño templo en las cercanías de la guardia para atención de sus necesidades espirituales, y el 7 de noviembre de ese año, con la anuencia del Virrey don Antonio Olaguer Feliú, el obispado resuelve autorizar a construir el primer oratorio público que tuviera nuestro pueblo.

Éste oratorio fue levantado de barro y paja, utilizando el mismo material y sistema de construcción del rancherío del lugar, a una cuadra del fortín, frente al terreno reservado para plaza del pueblo en el mismo lugar donde se encuentra el templo actual.

En aquella época no fue sencillo el mantenimiento del culto –oratorio incluido-, y la falta de un sacerdote que atendiera las humildes instalaciones sometieron al abandono progresivo de esa pequeña edificación de terrón de barro, esa falta de atención y cuidado hizo que el oratorio rápidamente se deteriorara, a tal punto que en poco tiempo el sitio fue ganado por yuyales y alimañas e inescrupulosos intrusos.

Oportunamente saqueada de sus elementos de culto, la capilla fue usurpada por un vecino llamado José López que convirtió a la pobre edificación en un galpón para el resguardo de sus granos y lanas. Denunciado por el vecindario, e intimado por la autoridad de un enviado del Virrey Marqués de Avilés, el infractor propone enmendar su usurpación con la construcción -en el mismo sitio- de un nuevo oratorio, pero esta vez erigido con ladrillos de adobe.

Con la advocación de Sacratísimo Corazón de Jesús y con la presencia del sacerdote Vicente Añasco como primer cura estable, Navarro tiene su primera capilla de “16 varas de largo por 6 y media de ancho, todo de adobe crudo con su correspondiente sacristía, dos puertas y dos ventanas y techo bien enmaderado” -como dijimos antes- edificada en el mismo lugar donde actualmente está el Templo Parroquial. Este pequeño templo es bendecido oficialmente el 20 de diciembre 1807 es bendecida esa primera capilla.

Llega sí el año 1830, en que también por solicitud del vecindario de Navarro, se comienzan los gestiones para que la Capilla adquiera el rango de Parroquia,

Con la intención de desprenderse del tutelaje parroquial de la Parroquia de Luján, y en esos tiempos, una nueva construcción –levantada con paredes de ladrillo cocido- reemplaza a la de adobe.

El 6 de agosto de 1838 la Capilla de Navarro (Vice Parroquia de Luján) deja de ser tal y obtiene la categoría de Parroquia -independiente de Luján- con el título de San Lorenzo Mártir, por lo que se inicia el proyecto y posterior construcción del actual templo, el que es inaugurado el día 11 de septiembre
de 1870.

La majestuosa edificación de 40 metros de largo por 20 de ancho es coronada por dos torres con sus respectivos campanarios y construida sobre un atrio de tres peldaños de elevación al nivel de la calle de tierra, frente a la Plaza San Lorenzo, con su frente jónico de columnas mirando al noreste.

Las Campanas del templo
Una de las torres del templo parroquial, aún aloja a la primera campana que convocaba a los fieles de aquella remota capilla de principios de siglo XVIII. Ella únicamente es tañida para ocasiones muy especiales. Las grandes campanas que hoy acompañan a la feligresía navarrense tienen tan rica historia como la bicentenaria, y son las que repican día a día, y se escuchan en los cuatro puntos cardinales de la ciudad.

En un artículo del “Libro de Oro de Navarro” (P. O. Carrero- 1978), se preguntaba la escritora navarrense Elvira Laitano:

- “¿Qué es Navarro?”

Y ella misma se respondía:
“....Son las campanas joviales de las siete, dándonos el compás para nuestros pasos, son los toques a gloria de las vísperas y el doblar grave que nos invita a orar por el que parte; es el dulce sonido de la campana menor, aquella que “ha repiqueteado retozona y festiva en las horas de alegría del pueblo y derramado notas quejumbrosas en sus oras de dolor. Desde que fue fortín hasta que fue pueblo y desde que fue capilla hasta que fue parroquia, según lo escrito por Fray Reginaldo dela Cruz Saldena Retamar en 1911”.

Es la campana centenaria que sólo se usa en las grandes festividades, como Navidad, para que su tañido recuerde a los hijos de Navarro que viven en pagos de historia y tradición.

Son, también, las otras campanas, las donadas por don Sotero costa Argibel y señora, y por otras familias, aquellas que según afirmación de un descendiente directo,

"en su corazón de bronce guardan el oro de las joyas de nuestras damas. Suena muy bonito y, aunque dudamos de su veracidad lo repetimos porque Navarro es eso también, un poco de fantasía....”

A la riqueza arquitectónica del templo parroquial y a la belleza de sus sagradas imágenes y ornamentos interiores, se le debe sumar el singular sonido de sus dos campanas mayores, las que están instaladas en la torre derecha del templo desde el 9 de agosto de 1913. En un artículo del periódico “El Heraldo” del 27 de julio de 1913, citado en “El Acontecer de Navarro y sus Bandas de Música” se rescata el siguiente testimonio:

"Campanas nuevas
Están compradas y vienen en viaje. ¡Gracias sean dadas a Dios! Esas lenguas de bronce que cantan las alegrías de los pueblos y lloran las horas tristes de cada hogar, que ora regocijadas, ora plañideras, llaman a los fieles a la oración, a ese dulce coloquio con Dios; esas deseadas campanas, eran una perentoria necesidad, que después de largo tiempo, viene a llenarse gracias al interés y valiosa intervención del Diputado Provincial Sr. Elizalde, que obtuviera 2000 pesos de la Legislatura, para tan plausible fin.

La mayor de las dos campanas tiene 490 kilos y da el “la”de la primera escala musical, siendo igual a la antigua y tan celebrada campana que en otro tiempo fue orgullo de los navarreros. La campana menor pesa 330 kilos y da el “do” alto de la primera escala musical. El acorde que forman los sonidos de ambas campanas será de hermoso efecto. Con un total de 820 kilos cuestan $2.460 m/n. Esperamos que una importante donación, que según informes, haría generosamente una distinguida y acaudalada dama, contribuirá a cubrir los gastos de traslado y colocación”...


Las campanas adquiridas llegan Navarro el día 31 de julio de 1913, fueron fundidas en Francia, hermosamente adornadas con guías de hojas estampadas y tienen la siguiente marca estampada: Paccard é hijos – fundidores Annesy -. El viejo. Ciudad de la alta Savoia- Francia 1913.

Ambas fueron bendecidas y bautizadas con sendos nombres. A la mayor le fue dado el nombre de María de Los Ángeles y ostenta una leyenda grabada que reza: “Este es el pan del cielo. Reina del Santísimo Rosario”.

La menor fue denominada María del Carmen y en ella están grabadas las palabras “Fe, esperanza y caridad”.
 
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